Crónica del viaje a Egipto, 7 a 14 de marzo de 2016

 

Para nosotros, los “Amigos del Legado Andalusí”,  elegir un lugar del mundo islámico para visitar en nuestro Oriente Próximo donde encontrar la huella andalusí no resulta fácil en estos días, teniendo en cuenta las calamidades que se ciernen y tienen que soportar algunos de esos  países  que, por suerte, hemos tenido ya la oportunidad de visitar en un pretérito no lejano y que ahora viven o, mejor dicho, mueren asolados por la barbarie. Los que no la han sufrido de forma radical viven bajo la espada de la incertidumbre en un equilibrio de cuerda floja, por si un viento en forma de tormenta yihadista se precipita sobre ellos, cuando todos vivimos atemorizados por el inesperado latigazo de muerte.

Sobreponiéndonos a comentarios negativos de advertencia y a algún pequeño temor, decidimos emprender rumbo a Egipto como aquel que piensa en su fuero interno “No vaya a ser que después ya no podamos ir”. ¡Que cosa tan triste!

Tengo la certidumbre de que para todas las personas del  grupo que allí estuvimos fue una experiencia muy satisfactoria.

Nuestro primer aterrizaje en tierra egipcia tuvo lugar en Luxor desde donde, por el río Nilo, albergados a bordo de un barco de esos que recuerdan las antiguas embarcaciones navegando por el río Mississipi en las  películas americanas, hicimos las distintas etapas de visitas a los monumentos faraónicos desde Luxor a Edfú, o de Kom Ombo a Asuán, esos que conocemos a través de los libros y documentales y que, contemplarlos en vivo causan esa especie de anonadamiento por su grandiosidad e inmensidad, como puedan ser los de Abu Simbel o la visita a algunas de las tumbas del Valle de los Reyes o, en general, los bajorelieves de personajes y escrituras de esa cultura milenaria que aun estando expuestos a la intemperie sobreviven mostrando la fuerza de su trazo y los restos del color. ¿Quién no se siente hormiga entre las columnas del templo de Luxor?  Son lugares que sobrecogen y que huelga explicar en demasía.

Amén de las visitas a estos monumentos, la propia estancia a bordo del barco, recorriendo el Nilo a contracorriente ha sido una de las experiencias más bonitas y sugestivas que se puedan vivir. Desde el barco contemplar las dos orillas es como ir adentrándose en un inmenso oasis repleto de huertos y palmeras; donde se pueden ver escenas agrícolas de un encanto bucólico como  las de un pastor de cabras, la mujer dando de comer a sus gallinas sueltas alrededor de una casita mientras juegan los niños y se acercan gritando a la orillas del río esperando que les devuelvas el saludo o aquella pareja de pescadores que después de haber pescado se disponían a asar sus presas sobre las brasas de una improvisada lumbre en la propia barquita. Y, sobre todo, la tranquilidad y paz que transmite este tipo de navegación es una verdadera cura terapéutica para el espíritu.

Nuestra última etapa para culminar este periplo de ocho días fue una estancia de dos días en El Cairo. Aterrizar en El Cairo por la noche, sobrevolando toda su inmensidad iluminada, produce una sensación de infinitud. Luego el recorrido en autobús hasta el hotel es una locura de luces, coches, avenidas sin fin, edificios modernos o de época colonial, intercalados de lujosas villas y, en general, es un maremagno inabarcable para el peatón.

Al día siguiente, a primera hora estábamos en el Museo. Aunque esperado y anhelado, el momento de encontrarse ante la máscara de oro de la momia de Tutankamon, no es cosa fácil de asimilar. Es como sumergirse, abducido, en el mundo de los faraones. Y miras y remiras el espectacular rostro, moviéndote alrededor de la vitrina sin acabar de entender que estés allí.

Unas horas después, toparnos con las Pirámides de buenas a primeras tras un recorrido por la ciudad a través de un mar circulatorio, pues, que voy a decir. Ahí te encuentras de pronto con la aridez del desierto frente a ti y a tus pies, y, en medio del aire arenoso que silba de un modo singular,  esos gigantes habitándolo y sobreviviendo a las tormentas de arena, a los invasores, a los expoliadores y profanadores, en fin, al tiempo. Tras un buen almuerzo nos despedimos de la monumentalidad faraónica saludando a la Esfinge, vigía de aquel desierto.

Mas en El Cairo no todo son monumentos faraónicos de su cultura milenaria, aunque para ello vaya la mayoría turística, o edificaciones de acero y cristal de su modernidad. Adentrarse en el barrio Copto, en lo que fue el núcleo primigenio de la ciudad, y en la Medina es una experiencia gratificante. Caminando por sus estrecha calles se puede palpar la cercanía de sus habitantes y apreciar la monumentalidad de sus edificios antiguos en una continuidad de ellos, unos de carácter religioso y otros de carácter laico. Fue aquí precisamente donde pudimos acercarnos a varias mezquitas para apreciar en algunas de sus características edificatorias la influencia andalusí.

Nos despedimos del Cairo y de Egipto cuando empezaba a caer la noche, tras tomar un refrigerio en medio del abigarramiento que forman unos cuantos cafés, pegados unos con otros en un lateral de la  inmensa y hermosa plaza de  Al-Hussein.

Rosa Maria López Almansa